“Maestro es aquel que te brinda todas las oportunidades para descubrir tu verdadero mundo y te orienta hacia tu destino con absoluta libertad"
Fernando Lizcano
El título de Maestro no debe dársele a cualquiera, este solo está ligado a quien en pleno ejercicio de la docencia inspira libertades, evoca sentimientos en sus aprendices y motiva a la realización de virtudes que conlleven al éxito personal. La realidad de un maestro parte de la verdad absoluta y no relativa en pleno discernimiento del término en latín “vocare” que significa llamado a un fin o destino de vida, es lo que también conocemos como vocación.
La voluntad de ser maestro reside en el profundo deseo de servir a otros en el hecho trascendental de cambiar vidas, forjar destinos, en el desarrollo pleno de la personalidad y en la medida de lo posible acrecentar el aliento a la realización de grandes proyectos. El maestro en el fin de perseguir sus sueños, acompaña los de aquellos a quienes inspira con palabras y hechos. Insistentemente recurre a la fuerza del intelecto para orientar los procesos de adquisición de nuevos aprendizajes y persiste en la idea de ser soldado en las más grandes batallas del ser.
El maestro taladra la esencia mismas de las ideas, construye realidades y es digno arquitecto de la creación de las más sublimes pero importantes empresas del pensamiento, su propósito de vida no es otro que el de hacerse servidor de vidas en la ausencia de positivas realidades para cambiar lo que haya de ser cambiado, para que florezca el bien común sobre el individualismo social. Primará en su de ser, el amplio espectro de la conciencia para determinar las posibilidades que convendría al resurgir de la innovación en el crecimiento humano.
¿Qué espera un maestro en su acontecer social? La respuesta no es más cercana a la realidad de la vida en sí, pretende que sus ideales intelectuales residan en la existencia de otros para ser guía de forma no presencial en el transcurso de la historia, no ambiciona riquezas más que aquellas que le permitan vivir alejado de la mezquindad de un sistema social, aspira a ser el ejemplo de generaciones en la más sutil de las formas; mentoría. Determina su existencia a la gratificación de sonrisas y en las plenas virtudes de quienes ha inspirado.
Ser maestro entonces es determinar con las proyecciones del tiempo la máxima absoluta que provee felicidad a los estudiantes y a sus familias, es querer ser un orientador en la vida de otros, convertirse en el sacerdote en coherencia del sigilo de confesión de lo que ha visto y escuchado para comprender realidades en el abismo mismo de la imaginación y, actuar así de forma incidental en los problemas de otros, olvidando en ocasiones los propios, ha de ser un padre en la medida que el amor y la admiración de sus aprendices requieren de afectos y la rigurosidad del apoyo o del llamado de atención que forme y no deseche actuaciones propias del ser en crecimiento y aprendizaje.
¡Feliz día del maestro!
Jesús R. Cupare G.